Ha sido el Julio
Mamá no te lo vas a creer. Ábreme
la puerta y deja que te cuente. Me han pegado allí detrás, en el picaero, donde tenemos los sillones y la
mesa entre los cardos borriqueros. Sabes dónde te digo, ¿verdad? Ya sé, ya sé
que me has dicho mil veces que no vaya por allí, que aquello es peligroso. Pero
mira la camiseta del niño cómo la han dejado. Ahora cómo le digo que me la han
hecho trapos. No sé si la vas a poder arreglar. Se pondrá a berrear como cuando
me cargué el monopatín y a mí me da tanta pena del niño. Viene toda rota, me la
han rajado a tirones y la boca, la boca parece que me sangra me han dicho
cuando venía para acá, pero yo sé que es la nariz. Siempre es la nariz, con que
me toquen ¡ala, a sangrar! Mamá, tenemos que hacer algo con mi nariz porque no
está bien. Todos los días se pone a echar sangre de repente y eso no
sé... Abre que te cuente porque yo no he tenido la culpa, siempre me dices que
no tengo que hacer lo que los demás hagan y me han arrimado mamá. Yo no quería hacerlo
y el Toni se lo ha dicho al Julio, porque ha sido el Julio quien la ha tomado
hoy conmigo, me tiró al suelo allí donde tenemos los sillones entre los cardos,
detrás del estadio donde tú sabes. Y todos me miraban y chillaban “¡Julio,
Julio, Julio!”. Cuando me chifla papá por el balcón yo lo oigo y vengo desde
ahí para la casa. Allí me ha tirado al suelo y
no dejaba de darme. El Julio es un animal mamá, es como el gallo que teníamos
en lo de los abuelos, ¿te acuerdas? Sabes que a mí me daba pánico y encima se
quedaron las huellas en el cemento fresco de la puerta. Ahí están todavía y
esperaba a que salieras para lanzarse. Ese gallo mamá es como el Julio. No me dolió
casi nada y la nariz me sangra pero ya sabes, con la nariz tenemos que hacer
algo mamá. No me sangra sólo por el sol como decías. No, no es eso. En cuanto me toquen ya está. Mira cómo vengo por no querer hacer lo que me
decían. Yo siempre hago lo que me mandan el Julio y er Migue pero hoy no quería
y por eso me ha tocado a mí. Porque él es el que manda allí,
como el gallo en lo de los abuelos. No sabes cómo es, es que se te tira así sin
más. Decíais que pisaba muy bien pero lo que hacía
era que se te tiraba. Y yo ni quería salir a la puerta. Qué miedo saber que
estaba allí y que venía pisando desde la cuadra cuando te veía. Y que se te
echaba a la más mínima. Todavía están las huellas en el cemento de la puerta,
cerca del pozo no había quien se arrimara. Mira cómo vengo mamá. Y no creas que
me dolió mucho. Ha sido más el susto, la sangre que se me mete en la boca y
parece que son los dientes. Cuando venía para acá decían que eran los dientes
lo que me sangraba. He venido por las pistas rojas para no pasar por el barrio.
Si me ven así qué hago. El Nacho y el David están allí todavía. Ellos hacen
siempre lo que dice el Julio. Pero el Nacho mamá, tú lo conoces. Si él quisiera
le daba al Julio. El Nacho es otra cosa mamá. Un día le dijo al Julio que no
iba a ir más y no pasó nada. Lo malo es que el Julio es de allí, del picaero, y eso es otra cosa mamá. Los
que viven en el picaero son todos
unos gallos. Cualquiera los toca. Porque son todos primos. Hasta las nenas de
allí son gallos no te creas. Con las mallitas de colores hasta la rodilla, las coletas morenas y tan delgaduchas que perece que son varas de atizar. Son
las peores porque también mandan. Mira cómo vengo mamá, me han calentado otra
vez. Yo creo que es porque me ven así, gordito y con estos ojos y este pelo
rubio que parezco más una niña que otra cosa. El Nacho se quita la camiseta y
no pasa nada. Él está más gordo que yo pero ya sabes, el Nacho es el Nacho. La
han tomado conmigo y en el colegio, el otro grandullón que me daba en los
recreos... Tú lo conoces. Hablaste con él en la puerta y desde entonces ya no
me toca. Pero el Julio es otra cosa. Para el Julio tiene que venir papá y sin
el niño. El niño tiene que quedarse en casa porque si no, lo van a ver y
después no sé qué va a pasar. El niño me da mucha pena porque está igual de
gordito y la van a tomar con él. Para el Julio tiene que venir papá. Cuando
vuelva de viaje tendremos que ir los dos y meternos entre los cardos para
buscarle. Porque el sitio está entre los cardos de dos metros, allí donde el picaero con los perros y los gallos
que dejan la huella en los cementos, por todas partes. No lo encontrarías mamá
porque nadie lo encuentra. Y además tú tienes que quedarte con el niño. ¿Cuándo
vuelve papá? Necesito que vuelva porque tenemos que pasarnos por allí a aclarar
las cosas al Julio. Y ya que estamos allí también ar Migue porque er Migue es
el que manda allí cuando el Julio no está. Yo sé que papá lo podría arreglar si
estuviera ahora aquí. Yo no sé que puede pasar si esperamos hasta que venga.
Mañana cuando salga de la escuela y no me vean por allí me van a buscar. Yo
mejor no salgo por un tiempo ¿Cuándo vuelve papá, mamá? Porque mira cómo vengo
y por el camino decían que eran los labios lo que me sangraba, que me los
habían reventado de un balonazo o algo así. Qué va mamá, que me han tirado al
suelo y allí han estado un rato repartiéndome pero parece algo más, de verdad
que no son los dientes. Yo creo que la tomaron conmigo porque vamos a la
escuela así, peinaditos, con esa colonia que nos pones al niño y a mí que
siempre se repite. Y así volvemos también a casa, igualitos, todavía con la
raya hecha y en su sitio. Eso se ve. Por ejemplo con estas zapatillas. Son
estas zapatillas que compramos. Tú ya sabes las que te digo. Te dije que a mí
las que me gustaban eran las otras y no sólo por la marca sino porque yo sé lo
que pasa luego en el colegio. Y los yogures, tenemos que comprar algunos
yogures que sean de verdad, de esos que saca la tele con cositas arriba y que
luego se mezclan, que estén bien ricos, de esos que al abrirlos lo primero que
se hace es chupar el papelito que los tapa. Y algo de chocolate. Eso también.
Pero no de ese chocolate que sabe como a hierro y que vienen tres en el
plastiquillo, tan raro y cada uno de un color... Ese no mamá. Para el chocolate
yo voy contigo porque tú no sabes. A nosotros nos gusta ese del papel rojo y
las letras grandes. Tenemos que comprar otro que esté mejor, más dulce, más
negro y si puede ser con alguna almendra o igual con galletillas por dentro. Y esas
palmeritas que vienen de dos en dos como los sueños, tostadas y recubiertas de
su azúcar y tan blanquitas...
Mamá, ¿estás ahí? Mira cómo
vengo. Abre ya la puerta que te cuente.
El
abuelo Piló
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
cuando asqueados por la bajea humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.
“1936” Luis Cernuda. Desolación de la quimera.
Aquella
habitación era diferente al resto de los habitáculos de la casa. Una neblina
similar a la que rodea las casas junto al Guadalquivir las mañanas de enero
recorría los cuatro rincones de la misma, desde el armario hasta el paragüero
con figuras de ciervos situado tras la puerta. Yo sentía su peso. Todo simulaba
lo viejo, incluso el olor a humedad parecía desprenderse de la pared donde
colgaba el crucifijo y que inflamaba el espacio con aquel sucesivo olor a
tierra mojada.
Aún
no sabía muy bien que estaba haciendo allí, ni por qué me detuve a observar
detenidamente por aquella minúscula ventana uno de los naranjos que adornaban
tímidamente el barro de Cañero. Quizá no quería verlo, o es que sentía un nuevo
y extraño miedo por estar tan cerca de la muerte como aquellos que descubren el
deseo sexual dentro aún de la urna cristalina de la niñez. Yo apenas alcanzaba
la edad de diez años, aunque todos en la familia decían alegremente que ya era
un hombre o que si no, debiera empeñarme en serlo.
En
este instante, la tos seca del abuelo Piló me llevó a girar la cabeza y mirar
sus ojos azules y entreabiertos, aquel rostro ácido de cáscara de nuez que
terminaba en la gran oquedad de su cuello. Yo estaba sentado frente a la cama
en una de sus sillas de mimbre, demasiado cerca de él. El afecto que le tenía a
la abuela Pilar era enorme, no solo por los platos de jamón que nos daba. Era
una inquebrantable sonrisa que indeciblemente escondía el trabajo físico y el
amor a la casa. Si en ese instante despertase, si lo cables de plástico y aire
hubieran sido cordones de zapatos, si despertase del litigio… El abuelo
permanecía postrado entre un montón de mantas incoloras, su pequeño cuerpo casi
como el mío, el pecho al descubierto y las manos obradoras apenas se notaban
hundirse sobre la cama.
El
abuelo descansaba siempre con los zapatos puestos. La bisa nos decía que él
siempre estaba listo, inquieto en cualquier momento, preparado para tomar la
puerta y salir corriendo. “Tu abuelo no sabe descansar”. Yo no entendía muy
bien lo de los zapatos, ni por qué correr o descansar. Son defectos que
aparecen con el tiempo, pequeñas locuras que nos diferencian a cada uno de
nosotros. Como el vello en la piel, la forma de abrazar o estrechar la mano,
cada uno diferente.
Pocos
aparecieron en la casa aquella mañana, solo nosotros abordados por la prisa de
mi padre y aquel ferroviario amigo eterno del abuelo Piló que solía pasar
largas estancias en la casa, sentados en el patio ajazminado las noches del
llameante verano cordobés, bebiendo limonada por las tardes y vino amontillado
por las noches, hablando de viejos amigos, de alguna canción desconocida, de
aventuras, esperanzas. Pedro el ferroviario era más joven que el Abuelo pero su
amistad duraba ya más de cuarenta años, incluso cuando este tuvo que marcharse
a Francia en busca de trabajo y vida en un coche viejo con otros tres
compañeros. A menudo hablaban de Francia, de Méjico, de Cuba y de qué estaría
haciendo allí la gente, casi todas la noches, del pasado y del olvido, hasta
que sus conversaciones llegaban a hacerse algo inconexas por el vino y luego el
coñac. Y entonces se enojaba la abuela que a veces intervenía en las
conversaciones acuciada por el llanto.
Ahora
Pedro entra y sale de casa sin mediar palabra. Le ha cambiado la cara. Solo le
preocupa por el estado del abuelo y de traerle, como siempre, los dos o tres
periódicos que ocupaban u entretenimiento. Ahora las palabras no eran muchas,
tímidos saludos y alguna que otra conversación consigo mismo, sentado como yo
en esta vieja silla. Él lo sabía, la muerte del abuelo sería la suya propia,
aunque siguiera viviendo algunos años más solo sería un diálogo hacia dentro,
como en esas obras de teatro donde el personaje habla y habla sin cuidar si
alguien lo está escuchando, o como en la Arboleda
perdida, solo hablar mientras el olvido intenta pasar indiferente.
Los
tres naranjos del patio, eso era lo que más me gustaba. Sus pequeñas flores
parecidas a las del jazmín que convertían sus pétalos en redondas pelotitas
amargas y de color verde, con las que entonces mi hermano y yo jugábamos a
tirarnos. El largo bordillo bajo el naranjo. El pozo con su palanca que hacías
empujar para beber agua y así encharcar el suelo verdino. Un sol que nunca se
apagaba. El suelo era todo disparejo, como si hubiera sido obra de un niño,
todo lleno de agujeros, grietas y cemento al descubierto. Y esto era lo que
menos me gustaba del patio, esto y los días en los que no se me ocurría ningún
juego, los días en los que se te moría la imaginación, como el que pierde la
memoria, o como al que todo le aburre y come y come para entretenerse. Los
domingos en los que mi padre y yo veníamos a casa a visitarlos y no los
encontrábamos, estos días eran los más tristes para mí.
Sin
embargo, la casa del abuelo toda vida. Cuando rebosaba de gente, cuando la
abuela preparaba una comida especial por nuestra visita. En verano nos
sentábamos en el patio mientras mi padre y el tío Juan traían bandejas repletas
de costillas y tomates con aceite. Mientras, el abuelo buscaba a alguno de
nosotros para contarnos alguna de esas historias del pasado, como aquella que
repetía sobre sus días en la cárcel, o cuando permaneció escondido cuatro días
sin comer no beber en un cortijo de las afueras. Cuando el abuelo contaba esas
infinitas historias todos los primos encontrábamos algo con qué jugar en ese
mismo instante. Incluso mi padre de repente se molestaba y le decía al abuelo
“pero hombre que son unos chiquillos”, que no nos llenara la cabeza con esas
cosas que nosotros no llegábamos a comprender. Y en realidad era así. No
entendíamos nada del Abuelo, nada de ese pasado tan pasado para nosotros y que
al resto de familiares, padres, tíos, otros primos, les parecía importarles
poco al mostrar tanta indiferencia. Mi padre decía que los tiempos han
cambiado, que ahora había que preocuparse por trabajar y no meterse en
demasiados problemas. La vida era eso, trabajo, y si no, no sirves para nada.
Las
demás partes de la casa eran casi desconocidas para mí. Las otras habitaciones
estaban todas cubiertas de papel amarillento, de fotos y algún libro, muchas,
muchas revistas, botellas de licores añejos, de whisky, de vasos de cristal
marrón que jamás se utilizaban. Esas habitaciones las ocupaban los primos de
Barcelona que veía en Navidad y algunos días de verano, montados en su
furgoneta gris llena de juegos nuevos que mi hermano y yo contemplábamos con
asombro. Les gustaba el jamón como a mí. La abuela lo guardaba en la despensa
con paredes de plástico gris. Allí estaban colgados, uno, dos, incluso tres.
Otras veces los colgaban en el patio en otra pequeña despensa, encerrados tras
una tela metálica oxidada por la que apenas tres pasaba la luz. Allí pasaban
frío, calor. También había moscas, pequeñas moscas que apenas se movían pero
que tiznaban la cal de insignificantes manchas negras que no se borraban.
Estaba
atardeciendo. Yo seguía sentado frente a la cama del abuelo Piló casi sin
moverme, entretenido en tirar de las pequeñas hebras de mimbre bajo la silla,
asustado por no poder ver al abuelo con la misma nitidez que en la mañana, por
parecer que quien tenía ahora delante era un desconocido, alguien incapaz de
levantarse, de encender, como siempre, un cigarrillo detrás de otro y de hablar
de tantas cosas con la misma alegría y fuerza con las que solía hacerlo. Mi
padre entró en la habitación. No sabía muy bien dónde sentarse, me buscaba a mí
y regresar a casa. Él nunca había sido demasiado expresivo en estos casos,
parecía no afectarle. Nunca hablaba de lo grave que sucedía y dejaba pasar las
horas, las malas horas. Compartía carácter con esos héroes de realismo social,
esos héroes duros de las novelas de Grosso, como un zen que nunca pierde su
karma, siempre en equilibrio. Finalmente se acercó a la cama tomando como asiento
uno de los pliegues de las sábanas a los pies del Abuelo, y se fijó en mí. Me
latía el corazón con rapidez, lo sentía en mis manos, en mi cuello, y no podía
dejar de pensar lo que estaba sucediendo. Entonces mi padre comenzó a hablarme
con palabras que no eran para un niño, porque a estos no se les habla con la
mirada fija, sin regaños, sin mandatos, solos él y yo con las últimas bocanadas
del abuelo para tomar aire. Me habló de la velocidad de los días, de la
vergüenza, la piedad, el amor, de cómo a veces el Abuelo buscaba oídos
vírgenes, de blanda arcilla, oídos niños, una catarsis, como el que, ardiendo
de sed habiendo caminado toda la mañana, regresa al pueblo y encuentra a sus
puertas una fuente de piedra inagotable
con refulgentes azulejos. Los oídos, las fuentes, el sufrimiento… Un consuelo
melancólico mezcla de alegría y desilusión, de rabia o impotencia. Para algunas
personas es muy importante hablar, ser escuchados, amor, amor a la vida, a un
país, a la vida de los demás. Según mi padre, el Abuelo cargaba consigo todos
estos valores y sentimientos, reposaban con él en la cama sin que se notara la
gravedad, como su cuerpo, también cierto miedo a morir, por eso nunca cogió un
arma, nunca mató a nadie a pesar de que lo intentaran varias veces con él. Eso
sí, devolvió algunas vidas, luchó contra la muerte, sus manos se mancharon de
sangre, sangre de otros que también amaban la vida, en España y la bandera
tricolor, el asesinato, la desaparición, el olvido. El pueblo era pueblo, el
médico médico, el maestro maestro, el asesino asesino, algunos corrían como
poetas por las carreteras huyendo, sin mirar atrás, y el primer pájaro muerto / sobre la rama. “Lo que pasa es que el
Abuelo tenía miedo al olvido”, dormía con los zapatos, creía que tenía que
salir corriendo, los oídos, las fuentes, la memoria… Papá decía no tener miedo
al olvido, pero sí de los días, miedo a escuchar, a recordar, a ver a alguno de
nosotros corriendo. El Abuelo no era un cobarde, nosotros en cambio tenemos
miedo mientras el olvido pasa indiferente.
Papá
se levantó finalmente y abandonó la habitación. Sabía que debía marcharme tras
él, todos esperaban a que volviéramos a casa. Me había contado todo esto sobre
el abuelo, sobre los sentimientos universales y de todos y sabía que era la
última vez, la última bocanada de aire del Abuelo, de mi padre, un último
intento de permanecer aquí con una copa de coñac, un cigarrillo y una bella
historia sobre los que están, sobre los que faltan, sobre los que no se
encuentran.
Y
entonces supe qué es lo que había estado haciendo allí, mirando aquel naranjo, desgarrando
pequeñas hebras de mimbre, sentado frente a él en aquella vieja silla y
empeñado en ser un hombre como todos me decían. Aquella tarde lo escuché, quise
llevármelo todo, los juegos en el patio, el suelo cuarteado, los naranjos, las
flores que se caen y convierten en pequeños frutos verdes y amargos, la memoria
de mi Abuelo.
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